—Bien, muy bien. Ha expresado usted la idea con una exactitud que me maravilla. ¿Encontraremos ese Moisés en la tribu de la fuerza? ¿Será un dictador, un militar, un César...?

—No le diré a usted que no, ni que sí. Nuestra inteligencia, al menos la mía, no alcanza a tanto. No puedo afirmar más que una cosa: que nos quedan pocas leguas de desierto, y quien dice leguas dice distancias relativamente grandes.

—Pues para mí, el Moisés que ha de guiarnos hasta el fin no puedo salir sino de la cepa religiosa. ¿No cree usted que aparecerá, cuando menos se piense, uno de esos hombres extraordinarios, uno de esos genios de la fe cristiana, no menos grande que un Francisco de Asís, o quizás más, más grande, que conduzca a la humanidad hasta el límite de sus sufrimientos, antes de que la desesperación la arrastre al cataclismo?

—Me parece lo más lógico pensarlo así —dijo Nazarín—, y, o mucho me engaño, o ese extraordinario salvador será un Papa.

—¿Lo cree usted?

—Sí, señor... Es una corazonada, una idea de filosofía de la historia, y líbreme Dios de querer darle autoridad de cosa dogmática.

—Claro... Pues lo mismo, exactamente lo mismo pienso yo. Ha de ser un Papa. ¿Qué Papa será ese? ¡Vaya usted a saberlo!

—Nuestra inteligencia peca de orgullosa queriendo penetrar tan allá. El presente ofrece ya bastante materia para nuestras cavilaciones. El mundo está mal.

—No puede estar peor.

—La sociedad humana padece. Busca su remedio.