—Que no puede ser otro que la fe.

—Y a los que hoy poseen la fe, ese don del cielo, toca el conducir a los que están privados de ella. En este camino, como en todos, los ciegos deben ser llevados de la mano por los que tienen vista. Se necesitan ejemplos, no fraseología gastada. No basta predicar la doctrina del Cristo, sino darle existencia en la práctica, e imitar su vida en lo que es posible a lo humano imitar lo divino. Para que la fe acabe de propagarse, en el estado actual de la sociedad, conviene que sus mantenedores renuncien a los artificios que vienen de la historia, como los torrentes bajan de la montaña, y que patrocinen y practiquen la verdad elemental. ¿No cree usted lo mismo? Para patentizar los beneficios de la humildad, es indispensable ser humilde; para ensalzar la pobreza, como el estado mejor, hay que ser pobre, serlo y parecerlo. Esta es mi doctrina..., no, digo mal, es mi interpretación particular de la doctrina eterna. El remedio del malestar social y de la lucha cada vez más enconada entre pobres y ricos, ¿cuál es? La pobreza, la renuncia de todo bien material. El remedio de las injusticias que envilecen el mundo, en medio de todos esos decantados progresos políticos, ¿cuál es? Pues el no luchar con la injusticia, el entregarse a la maldad humana, como Cristo se entregó indefenso a sus enemigos. De la resignación absoluta ante el mal, no puede menos de salir el bien, como de la mansedumbre sale al cabo la fuerza, como del amor de la pobreza tienen que salir el consuelo de todos y la igualdad ante los bienes de la naturaleza. Estas son mis ideas, mi manera de ver el mundo, y mi confianza absoluta en los efectos del principio cristiano así en el orden espiritual como en el material. No me contento con salvarme yo solo; quiero que todos se salven, y que desaparezcan del mundo el odio, la tiranía, el hambre, la injusticia; que no haya amos ni siervos, que se acaben las disputas, las guerras, la política. Tal pienso, y si esto le parece disparatado a persona de tantas luces, yo sigo en mis trece, en mi error, si lo es, en mi verdad, si, como creo, la llevo en mi mente, y en mi conciencia la luz de Dios.

Oyó don Pedro todo el final de este sustancioso discurso con gran recogimiento, medio cerrados los párpados, la mano acariciando una copa de vino generoso, de la cual no había bebido más que la mitad. Luego murmuraba en voz queda: «Verdad, verdad, todo verdad... Poseerla, ¡qué dicha...! Practicarla, ¡dicha mayor...!».

Nazarín rezó las oraciones de fin de comida, y don Pedro siguió rezongando con los ojos cerrados: «La pobreza... ¡qué hermosura!..., pero yo no puedo, no puedo... ¡Qué delicia!... Hambre, desnudez, limosna..., hermosísimo..., no puedo, no puedo».

Cuando se levantaron de la mesa, el gigante usaba tono y modales enteramente distintos de los de por la mañana. Callaba la fiereza, y hablaba la jovialidad de buena crianza. Era otro hombre; la sonrisa no se quitaba de sus labios, y el brillo de sus ojos parecía rejuvenecerle.

—Vamos, padre, que usted querrá descansar. Tendrá la costumbre de dormir la siesta...

—No, señor, yo no duermo más que de noche. Todo el día estoy en pie.

—Pues yo no. Madrugo mucho, y a esta hora necesito descabezar un sueño. Usted también descansará un rato. Venga, venga conmigo.

Que quieras que no, Nazarín fue llevado a una habitación no distante del comedor, amueblada con lujo.

—Sí, señor..., sí —le dijo Belmonte en tono muy cordial—. Descanse usted, descanse, que bien lo necesita. Esa vida de pobreza errante, esa vida de anulación voluntaria, de ascetismo, de trabajos y escaseces bien merece algún reparo. No hay que abusar de las fuerzas corporales, amigo mío. ¡Oh, yo le admiro a usted, le acato y le reverencio, por lo mismo que carezco de energía para poder imitarle! ¡Abandonar una gran posición, ocultar un nombre ilustre, renunciar a las comodidades, a las riquezas, a...!