—Yo no he tenido que renunciar a eso, porque nunca lo poseí.

—¿Qué? Vamos, señor, basta de ficciones conmigo, y no digo farsas por no ofenderle.

—¿Qué dice?

—Que usted, con su cristiano disfraz, verdadera túnica de discípulo de Jesús, podrá engañar a otros, no a mí que le conozco, que tengo el honor de saber con quién hablo.

—¿Y quién soy yo, señor de Belmonte? Dígamelo, si lo sabe.

—¡Pero si es inútil el disimulo, señor mío! Usted...

Tomó aliento el señor de la Coreja, y en tono de familiar cortesanía, poniendo la mano en el hombro de su huésped, le dijo:

—Perdóneme si le descubro. Hablo con el reverendísimo obispo armenio que hace dos años recorre la Europa en santa peregrinación...

—¡Yo..., obispo armenio!

—Mejor dicho..., ¡si lo sé todo!..., mejor dicho, patriarca de la Iglesia armenia que se sometió a la Iglesia latina, reconociendo la autoridad de nuestro gran pontífice León XIII.