—¡Señor, señor, por la Virgen Santísima!
—Su Reverencia anda por las naciones europeas en peregrinación, descalzo y en humildísimo traje, viviendo de la caridad pública, en cumplimiento del voto que hizo al Señor, si le concedía el ingreso de su grey en el gran rebaño de Cristo... ¡Sí, no vale negarlo, ni obstinarse en el disimulo, que respeto! Su Reverencia Ilustrísima recibió autorización para cumplir en esta forma su voto, renunciando temporalmente a todas sus dignidades y preeminencias. ¡Si no soy yo el primero que le descubre! ¡Si ya le descubrieron en Hungría, donde se susurró que había hecho milagros! Y le descubrieron también en Valencia de Francia, capital del Delfinado... ¡Pero si tengo aquí los periódicos que hablan del insigne patriarca, y describen esa fisonomía, ese traje con pasmosa exactitud!... Como que, en cuanto le vi acercarse a mi casa, caí en sospecha. Luego busqué el relato en los periódicos. ¡El mismo, el mismo! ¡Qué honor tan grande para mí!
—Señor, señor mío, yo le suplico que me escuche...
Pero el ofuscado gigante no le dejaba meter baza, sofocando la voz, y ahogando la palabra de Nazarín en el diluvio de la suya.
—¡Si nos conocemos, si he vivido mucho tiempo en Oriente; y es inútil que Su Reverencia lleve tan adelante conmigo su piadosa comedia! Le apearé el tratamiento, si en ello se empeña... Usted es árabe de nacimiento.
—¡Por la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo!...
—Árabe legítimo. Al dedillo me sé su historia. Nació usted en un país hermosísimo, donde dicen que estuvo el Paraíso terrenal, entre el Tigris y el Éufrates, en el territorio de Aldjezira, que también llaman la Mesopotamia.
—¡Jesús me valga!
—¡Si lo sé, si lo sé todo! Y el nombre arábigo de usted es Esrrou-Esdras.
—¡Ave María Purísima!