—Y los franciscanos de Monte Carmelo le bautizaron y le dieron educación, y le enseñaron el hermoso lenguaje español que habla. Después pasó usted a la Armenia, donde está el monte Ararat, que yo he visitado..., allá donde tomó tierra el arca de Noé...

—¡Sin pecado concebida!

—Y allí se afilió usted al rito armenio, distinguiéndose por su ciencia y virtud hasta llegar al Patriarcado, en el cual intentó y realizó la gloriosa empresa de restituir su iglesia huérfana al seno de la gran familia católica. Conque no le canso más, reverendísimo señor. A descansar en ese lecho, que todo no ha de ser dureza, abstinencias y mortificaciones. De vez en cuando, conviene sacrificarse a la comodidad; y sobre todo, señor eminentísimo, está usted en mi casa, y en nombre de la santa ley de hospitalidad, yo le mando a usted que se acueste y duerma.

Y sin permitirle explicaciones, ni esperar respuesta, salió de la estancia riendo, y allí se quedó solo el buen Nazarín, con la cabeza como el que ha estado mucho tiempo oyendo cañonazos, dudando si dormía o velaba, si era verdad o sueño lo que había visto y oído.

IX

—¡Jesús, Jesús! —exclamaba el bendito clérigo—. ¿Qué hombre es este? Taravilla igual no he visto nunca. ¡Pero si no me dejaba responderle ni explicarle...! ¿Y creerá eso que dice?... Que yo soy patriarca armenio, y que me llamo Esdras y... ¡Jesús, Madre amantísima, permitidme salir pronto de esta casa, pues la cabeza de este hombre es como una gran jaula llena de jilgueros, mirlos, calandrias, cotorras y papagayos, cantando todos a la vez!..., y temo que me contagie. ¡Alabada sea la Santísima Misericordia!... ¡Y qué cosas cría el Señor, qué variedad de tipos y seres! Cuando uno cree haberlo visto todo, aún le quedan más maravillas o rarezas que ver... ¡Y pretende que yo me acueste en esa cama tan maja, con colcha de damasco...! ¡En el nombre del Padre...! ¡Y yo que creí hallar aquí vejaciones, desprecios, el martirio quizás..., y me encuentro con un gigante socarrón, que me sienta a su mesa, y me llama obispo, y me mete en esta linda alcoba para dormir la siesta! ¿Pero este hombre es malo o es bueno...?

La cavilación en que cayó el pobre cura semítico no llevaba trazas de concluir; tan embrollado y difícil era el punto que su magín se propuso dilucidar. Antes de que definir pudiera el ser moral de don Pedro de Belmonte, volvió este de echar la siesta. En cuanto le vio, Nazarín llegose resueltamente a él, y sin dejarle pegar la hebra, le cogió por la solapa, y lo dijo con extraordinaria viveza:

—Venga usted acá, señor mío, que como no me daba respiro, no pude decirle que yo no soy árabe, ni obispo, ni patriarca, ni me llamo Esdras, ni soy de la Mesopotamia, sino de Miguelturra, y mi nombre es Nazario Zaharín. Sepa que nada de lo que ve en mí es comedia, como no llame así al voto de pobreza que hacer he querido, sin renunciar...

—Monseñor, monseñor..., comprendo que tan tenazmente disimule...

—Sin renunciar, digo, a honores ni emolumentos porque no los tenía, ni los quiero, ni...