—¡Si yo no he de vender su secreto, rayos! Me parece bien que sostenga su papel, y que...

—Y que nada... Pues cuanto ha dicho usted es un disparate, y un sueño, y un delirio. Me he lanzado a esta vida de penitencia por un anhelo ardiente de mi corazón, que a ella me llama desde niño. Soy sacerdote, y aunque a nadie he pedido permiso para abandonar los hábitos, y salir al ejercicio de la mendicidad, me creo dentro de la más pura ortodoxia, y acato y venero todo lo que manda la Iglesia. Si he preferido la libertad a la clausura, es porque en la penitencia libre veo más trabajos, más humillación, y más patente la renuncia a todos los bienes del mundo. Desprecio la opinión, desafío las hambres y desnudeces; apetezco los ultrajes y el martirio. Y con esto, me despido del señor de la Coreja, diciéndole que estoy agradecidísimo a sus muchas bondades, y que le tendré siempre presente en mis oraciones.

—El agradecido soy yo, no solo por el honor que me ha proporcionado Su Reverencia...

—¡Y dale!

—El honor altísimo de tenerle en mi casa, sino por su ofrecimiento de orar por mí, y de encomendarme a Dios; que bien lo necesito, créame.

—Lo creo... Pero haga el favor de no llamarme Reverencia...

—Bueno: le daré tratamiento llano, en obsequio a su humildad —replicó el caballero, que antes se dejara desollar vivo que desdecirse de cosa por él sostenida y afirmada—. Hace bien usted en guardar el incógnito, para evitar indiscreciones...

—¡Pero, señor...! En fin, deme licencia para retirarme. Yo pido a Dios que le corrija de su terquedad, la cual es una forma de la soberbia, y así como el fruto amargo de esta es la cólera, el fruto de aquella es la mentira. Ya ve cuántos males acarrea el orgullo. Mis últimas palabras, al salir de esta noble casa, son para rogarle que se enmiende de ese y otros pecados, que piense en la inmortalidad, a cuya puerta no debe usted llamar con el alma cargada de tantos goces, y de tanta satisfacción de apetitos materiales. Porque la vida que usted se da, señor mío, podrá ser buena para llegar a una vejez robusta; pero no a la salud eterna.

—Lo sé, lo sé —decía el buen don Pedro con melancólica sonrisa, acompañando a Nazarín por el primer patio—. ¿Pero qué quiere usted, eximio señor?, no todos tenemos esa poderosa energía de usted... ¡Ah!, cuando se llega a cierta edad, ya están los huesos duros para meterse uno en abstinencias, y en correcciones del carácter. Créame a mí: cuando al pobre cuerpo le queda poco más que vivir, es crueldad negarle aquello a que está acostumbradito. Soy débil, lo reconozco, y a veces pienso que debo ponerle las peras a cuarto al cuerpo. Pero luego me da lástima y digo: «¡pobrecito cuerpo, para los días que te quedan ya...!». Algo de caridad hay también en esto, ¿eh? Vamos, que al pícaro le gusta la buena mesa, los buenos vinos, ¿y qué he de hacer más que dárselos...? ¿Le agrada reñir?, pues que riña... Todo ello es inocente. La vejez necesita juguetes como la infancia. ¡Ah!, cuando tenía algunos años menos, se pirraba por otras cosas..., las buenas chicas, por ejemplo... De eso sí que le he privado en absoluto... No, no, no faltaba más. Prohibición radical. Que se fastidie... No le dejo más que las fruslerías del pecado, el comer, la bebida, el tabaco y el pelearse con la servidumbre... En fin, señor, no quiero entretenerlo. Pídale a Dios por mi. Es una suerte, para los que no somos buenos, que existan seres perfectos como usted, prontos a interceder por todos, y a conseguir, con sus estupendas virtudes, la salvación propia y la ajena.

—Eso no, eso no vale.