—Vale en tanto que uno también hace por sí lo que puede. Yo sé lo que digo... Que sus penitencias, padre beatísimo, le lleven a la perfección que desea, y que Dios le dé fuerzas para proseguir en obra tan santa y meritoria... Adiós, adiós...

—Adiós, señor mío: no pase usted de aquí —le dijo Nazarín en el último patio—. Y ahora que me acuerdo, he dejado mi morral allá, junto a la noria.

—Ya, ya se lo traen —replicó Belmonte—. He mandado que le pongan en él algunas vituallas, que nunca están de más, créame, y aunque a usted no le guste comer más que hierbas y pan duro, no es malo que lleve algo de sustancia para un caso de enfermedad...

Quiso besarle la mano, pero don Nazario, con grandes esfuerzos, se lo impidió, y en el campo frontero a la casa se despidieron con mutuas demostraciones afectuosas. Como viese don Pedro que los mastines andaban sueltos por el campo, dio orden de que los ataran, indicando a Nazarín que se detuviese un momento.

—Ya supe —le dijo—, y me disgustó mucho, que ayer, por descuido de esta canalla, los perros le mordieron a usted y a dos santas mujeres que le acompañan.

—Esas mujeres no son santas, sino todo lo contrario.

—Disimule, disimule... ¡Como si no hablara también de ellas la prensa europea! La una es dama principal, canonesa de la Turingia, la otra una sudanita descalza...

—¡Ay, cuánto desatino...!

—¡Si lo dice el periódico! En fin, respeto su santo incógnito... Adiós. Ya están sujetos los animales.

—Adiós... Y que el Señor le ilumine —dijo Nazarín, que ya no quería discutir más, y todo su afán era largarse a prisa.