El morral, atestado de paquetes de comestibles, pesaba bastante, por lo cual y por la rapidez de la marcha llegó muy sofocado a la olmeda donde Ándara y Beatriz habían quedado esperándole. Impacientes y sobresaltadas por su tardanza, en cuanto le divisaron las dos mujeres salieron gozosas a su encuentro, pues creyeron no volver a verle, o que saldría de la Coreja con la cabeza rota. Grande fue su asombro y alegría al verlo sano y alegre. Por las primeras palabras que el beato les dijo, comprendieron que tenía mucho que contar, y el volumen y peso del saco les despertó la curiosidad en demasía. En la olmeda, encontró Nazarín a una vieja desconocida, la señá Polonia, paisana de Beatriz, y vecina de Sevilla la Nueva. Había pasado por allí de vuelta de unas tierras de su propiedad, a donde fue a sembrar nabos, y viendo a su amiga se detuvo para chismorrear con ella.
—¡Ay, qué señor, qué hombre tan raro es ese don Pedro! —dijo el padrito echándose en el suelo, después que Ándara le quitó el morral para examinar lo que contenía—. No he visto otro caso. Cosas tiene de persona muy mala, esclava de los vicios; cosas de persona bonísima, cortés y caballeresca. Ilustración no le falta, finura le sobra, mal genio también, y no hay quien le gane en terquedad para sostener sus errores.
—Ese vejestorio grandón y bonito —dijo Polonia, que hacía punto de media— está más loco que una cabra. Cuentan que se pasó mucho tiempo en tierras de moros y judíos, y que al volver acá, se metió en tales estudios de cosas de religión y de tiología que se le trabucaron los sesos.
—Ya lo decía yo. El señor don Pedro no rige bien. ¡Qué lástima! ¡Quiera Dios darle el juicio que le falta!
—Está reñido con toda la familia de los Belmontes, sobrinos y primos, que no le pueden aguantar, y por eso no sale de aquí. Es hombre muy pagano y muy gentil para todos los vicios de buena mesa, y no ve una falda que no le entre por el ojo derecho. Pero como mal corazón, no tiene. Cuentan que cuando le hablan de las cosas de religión católica o pagana, o de las idolatrías, si a mano viene, es cuando pierde el sentido, por ser esta leyenda y el revolver papeles de Escritura Sagrada lo que le trastornó.
—¡Desventurado señor! ¿Querréis creer, hijas mías, que me sentó a su mesa, una mesa magnífica, con vajilla de cardenal? ¡Y qué platos, qué manjares riquísimos!... Y después se empeñó en que había de dormir la siesta en una cama con colcha de damasco... ¡Vaya, que a mí...!
—¡Y nosotras tan creídas de que le rompería algún hueso!
—Pues digo... Salió con la tecla de que yo soy obispo, más, más, patriarca, y de que nací en Algeciras..., o sea la Mesopotamia, y que me llamo Esdras... También se dejó decir que vosotras sois canonesas... Y nada me valía negarlo, y manifestarle la verdad. Como si no.
—Pues ya se conoce que se da buena vida el hijo de tal —dijo Ándara gozosa, sacando paquetes de fiambres—. Lengua escarlata..., y otra lengua..., y jamón... ¡Jesús, cuánta cosa rica! ¿Y qué es esto? Un pastelón como la rueda de un carro. ¡Qué bien huele!... También empanadas: una, dos, tres; chorizo, embutidos.
—Guarda, guarda todo eso —le dijo Nazarín.