—Ya lo guardo, que a la hora de comer, lo cataremos.

—No, hija, eso no se cata.

—¿Que no?

—No; es para los pobres.

—¿Pero quién más pobres que nosotros, señor?

—Nosotros no somos pobres, somos ricos, porque tenemos el caudal inmenso y las inagotables provisiones de la conformidad cristiana.

—Ha dicho muy bien —indicó Beatriz ayudando a reponer los paquetes en el morral.

—Y si ahora tenemos esto, si nada nos hace falta hoy, porque nuestras necesidades están satisfechas —indicó don Nazario—, debemos darlo a otros más necesitados.

—Pues en Sevilla la Nueva no falta pobretería —manifestó la señá Polonia—, y allí tienen ustedes donde repartir buenos caudales. Pueblo más mísero y pobre no le hay por acá.

—¿De veras? Pues a él llevaremos estas sobras de la mesa del rico avariento, ya que han venido a nuestras manos. Guíenos usted, señá Polonia, y desígnenos las casas de los más menesterosos.