—Sí, señor; muchas, siempre...
—¿Y lo dice tan fresco?
—No ven ustedes que yo no guardo nada. No sé lo que son llaves. Además, lo poco que poseo, es decir, lo que poseía, no vale el corto esfuerzo que se emplea para dar vueltas a una llave.
—No obstante, señor cura, la propiedad es propiedad, y lo que relativamente, según los cálculos de don Hermógenes, para otro sería poco, para usted podrá ser mucho. Ya ve, hoy le han dejado hasta sin su modesto desayuno, y sin camisa.
—Y hasta sin jabón para lavarme las manos... Paciencia y calma. Ya vendrán de alguna parte la camisa, el desayuno y el jabón. Además, señores míos, yo tengo mis ideas, las profeso con una convicción tan profunda como la fe en Cristo nuestro Padre. ¡La propiedad! Para mí no es más que un nombre vano, inventado por el egoísmo. Nada es de nadie. Todo es del primero que lo necesita.
—¡Bonita sociedad tendríamos si esas ideas prevalecieran! ¿Y cómo sabríamos quién era el primer necesitado? Habríamos de disputarnos, cuchillo en mano, ese derecho de primacía en la necesidad.
Sonriendo bondadosamente y con un poquitín de desdén, el clérigo me replicó en estos o parecidos términos:
—Si mira usted las cosas desde el punto de vista en que ahora estamos, claro que parece absurdo; pero hay que colocarse en las alturas, señor mío, para ver bien desde ellas. Desde abajo, rodeados de tantos artificios, nada vemos. En fin, como no trato de convencer a nadie, no sigo, y ustedes me dispensarán que...
En este punto vimos que señá Chanfa oscurecía la habitación ocupando con su corpacho toda la ventana, por la cual alargó un plato con media docena de sardinas y un gran pedazo de pan de picos, con más un tenedor de peltre. Tomolo en sus manos el clérigo, y después de ofrecernos, se puso a comer con gana. ¡Pobrecillo! No había entrado cosa alguna en su cuerpo en todo el santo día. Ya fuese por respeto a nosotros, ya porque la compasión había vencido a sus hábitos groseros, ello es que la Chanfaina no acompañó el obsequio con ningún lenguarajo. Dando tiempo al curita para que satisficiera su necesidad, volvimos a interrogarle del modo más discreto. De pregunta en pregunta, y después que supimos su edad, entre los treinta y los cuarenta, su origen, que era humilde, de familia de pastores, sus estudios, etc., me arranqué a explorarle en el terreno más delicado.
—Si tuviera yo la seguridad, padre Nazarín, de que no me tenía usted por impertinente, yo me permitiría hacerle dos o tres preguntillas.