—Todo lo que usted quiera.
—Usted me contesta o no me contesta, según le acomode. Y si me meto en lo que no me importa, me manda usted a paseo, y hemos concluido.
—Diga usted.
—¿Hablo con un sacerdote católico...?
—Sí, señor.
—¿Es usted ortodoxo, puramente ortodoxo? ¿No hay en sus ideas, o en sus costumbres, algo que le separe de la doctrina inmutable de la Iglesia?
—No, señor —me respondió con sencillez que revelaba su sinceridad, y sin mostrarse sorprendido de la pregunta—. Jamás me he desviado de las enseñanzas de la Iglesia. Profeso la fe de Cristo en toda su pureza, y nada hay en mí por donde pueda tildárseme.
—¿Alguna vez ha sufrido usted correctivo de sus superiores, de los que están encargados de definir esa doctrina, y de aplicar los sagrados cánones?
—Jamás. Ni sospeché nunca que pudiera merecer correctivo ni admonición...
—Otra pregunta. ¿Predica usted?