—No, señor. Rarísimas veces he subido al púlpito. Hablo en voz baja y familiarmente con los que quieren escucharme, y les digo lo que pienso.
—¿Y sus compañeros no han encontrado en usted algún vislumbre de herejía?
—No, señor. Poco hablo yo con ellos, porque rara vez me hablan ellos a mí, y los que lo hacen me conocen lo bastante para saber que no hay en mi mente visos de herejía.
—¿Y posee usted sus licencias?
—Sí, señor, y nunca, que yo sepa, se ha pensado en quitármelas.
—¿Dice usted misa?
—Siempre que me la encargan. No tengo costumbre de ir en busca de misas a las parroquias donde no conozco a nadie. La digo en San Cayetano cuando la hay para mí, y a veces en el oratorio del Olivar. Pero no es todos los días ni mucho menos.
—¿Vive usted exclusivamente de eso?
—Sí, señor.
—Su vida de usted, y no se ofenda, paréceme muy precaria.