—No contáis con vuestra debilidad, con vuestro miedo.
—¡Miedo nosotras! Señor, no diga tal.
—Además, vuestro deber es la obediencia, el respeto a todo el mundo, y la conformidad con los designios de Dios.
Acercose Ándara para enseñar las bellotas, y volvió a retirarse. Pasado un breve rato, determinose bruscamente en Beatriz una laxitud intensa. Era como la sedación de aquel espasmo de piadoso amor. Se le cerraban los párpados.
—Señor —dijo a Nazarín—, como anoche no dormimos, tengo sueño.
—Pues duérmete ahora, que es muy fácil que esta noche tampoco duermas.
Con una sencillez y una inocencia propiamente idílicas, Beatriz dejó gravitar su cabeza sobre el hombro de Nazarín, y se quedó dormidita, como un niño en el seno de su madre. El ermitaño andante seguía cabizbajo. Pensando al fin que era hora de regresar al castillo, buscó con los ojos a la otra moza, y la vio sentada, como a treinta pasos, de espaldas a él, caída la cabeza sobre el pecho:
—Ándara, ¿qué te pasa?
La moza no contestó.
—¿Pero qué te pasa, hija? Ven acá. ¿Qué haces? ¿Llorar?