Levantose Ándara y despacio acudió a él, llevándose a los ojos el borde de la falda en que guardaba las bellotas recogidas del suelo.

—Ven acá... ¿Qué tienes...?

—Nada, señor.

—No; algo tienes tú. ¿Se te ha ocurrido algún mal pensamiento? ¿O es que tu corazón te anuncia desventuras? Dímelo a mí.

—No es eso... —respondió al fin la moza, que no hallaba las palabras propias para expresar su pensamiento—. Es que... Una tiene su amor propio..., vamos..., su aquel de vanidá..., y no le gusta a una... Vamos, lo diré redondo y claro: que usted quiere a Beatriz más que a mí.

—¡Jesús!... ¿Y es eso lo que...?

—Pues no es justo, porque las dos le queremos lo mismo.

—Y yo también a vosotras por igual. ¿Pero de dónde sacas tú que yo...?

—Que a Beatriz le dice usted siempre las cosas más bonitas, y a mí nada... Es que soy muy burra, y ella sabe..., tiene gramática... Por eso, es para ella todito el mimo, y a mí: «Ándara, ¿tú que sabes? No blasfemes...». Ya, ya sé que a mí no me estima nadie más que Ujo...

—Pues ahora no has dicho blasfemia, sino un gran desatino. ¡Querer yo a la una más que a la otra! Si hay diferencia en el modo de tratarlas, diferencia fundada en el natural de cada una, no la hay en el cariño que les tengo. Tonta, ven acá, y si tienes sueño, porque anoche no dormiste, arrímate a mí por este otro lado, y echa también un sueñecico.