—¡So cobarde! —gritó Ándara, inflamada en súbita cólera y saltando hacia él como un tigre—, so canalla, ¿no ve que es humilde y se deja coger?

Y con el cuchillo de pelar patatas le asestó tan tremendo golpe, que si el arma tuviera filo y punta, lo pasara mal aquel gaznápiro. Así y todo, le rasgó la manga de la blusa, y del brazo le sacó una tira de pellejo. Abalanzose la multitud rugiente sobre la brava moza, que fue defendida por la Guardia civil. Pero con tan nerviosa furia forcejeaba, que tuvieron que atarla. En esto sintió que le tiraban de la falda, y vio la cabeza andante de Ujo, que se escabullía por entre las piernas de los civiles.

—Esto vos pasa, por no hacer lo que diz, caraifa. Pero te estimo, verás que te estimo.

—Quítate allá, jediondo —replicó Ándara, y le escupió en la cara.

Nazarín se había levantado, y con la mayor serenidad les dijo:

—¿A qué tanto ruido por prender a tres personas indefensas? Llévennos a donde gusten. ¡Ay, mujer, qué mal has hecho! Para que Dios te perdone, pídele perdón a este señor a quien has herido.

—¡Perdón de caraifa!

Ciega de ira, ardiendo en sanguinario frenesí, no sabía lo que hacía.

En marcha todo el mundo. Delante iba Ándara atada, rugiendo y llevándose las manos a la boca para morder la cuerda; detrás el maestro y Beatriz sueltos, rodeados de gente curiosa, impertinente y cruel. Los civiles apartaban a la multitud. El hombre gordo, que iba junto a Nazarín, se permitió decirle:

—¿Conque príncipe moro..., príncipe moro desterrado...? ¡Y se trae todo su serrallo, concho!