—¿Pero qué? —murmuró Nazarín sin levantarse del suelo—. ¿Contra estas tres pobres criaturas manda la autoridad un ejército?
Al llegar arriba la alborotada muchedumbre, las dos mujeres vieron la pareja de Guardia civil. Ya no quedaba duda.
—Vienen por nosotros.
—Pues aquí estamos.
—Señores guardias —dijo Ándara—, ¿vienen en busca nuestra?
—A ti, y al moro Muza —replicó uno que debía de ser el alcalde, riendo, como si la libertad o prisión de gente tan humilde fuera cosa de broma.
—¿En dónde está ese morito, que quiero verlo? —vociferó un tío muy zafio, y muy gordo, destacándose del primer grupo.
—Si el que buscan soy yo —dijo Nazarín todavía en el suelo—, aquí me tienen.
—Eh, buen amigo —dijo otro muy flaco—; mal aposentado está su reverencia morisca en este castillo. Véngase a la cárcel.
Y diciéndolo le dio un fuerte puntapié.