—La que ha venido atada. La otra se llama Beatriz, y es natural de Móstoles.
—¡A quién se lo cuenta! Si la conozco. El Pinto es primo mío.
—¿Qué más?
—¿Le parece poco? Pero venga acá, y hablemos ahora como amigos —dijo el alcalde, quitándose el ancho pavero y poniéndolo sobre la mesa, en la cual un farol alumbraba por igual la cara regocijada y reluciente del uno, y la mustia y ascética del otro—. ¿Le parece a usted que está bien que un señor eclesiástico ande en estos trotes..., descalzo por los caminos, acompañado de dos mujeronas..., vamos, de Beatriz no digo..., ¿pero la otra?... ¡Por Dios, señor cura de mi alma! Allá, supongo que su abogado le defenderá por loco, porque por cuerdo no hay cristiano que le defienda, ni ley que no le condene.
—Creo estar en mi sano juicio —contestó serenamente Nazarín.
—Eso se verá. Yo creo que no. ¡Claro; usted cómo ha de conocer que está loco! ¡Pero, por Dios, padre Zaharín, echarse a una vida de vagabundo, con ese par de pencos!... Y no lo digo por la religión mismamente; que todos, el que más y el que menos, si decimos que creemos, es por el buen parecer, y por el respeto a lo establecido... Dígolo por su propia conveniencia, y por el miramiento de la sociedad, en estos tiempos de ilustración. ¡Un sacerdote andar así!... ¡Pues no le acusan de nada en gracia de Dios! Que ocultó en su casa a esa zarandaina, cuando dio de puñaladas a otra pública como ella, que después entre los dos pegaron fuego a un edificio, o finca urbana particular... Y por fin de fiesta se echan a los caminos, usted de apóstol y ella de apóstola, y se dedican a embaucar a la gente, curando enfermos con salutaciones de agua potable, resucitando difuntos fingidos, y echando sermones contra los que tenemos algunos posibles... ¡Ay, ay, señor sacerdote, y sostiene que no está loco! Dígame: ¿cuántos milagros ha hecho por esta jurisdicción? Oí que usted amansó al león de los leones, el señor de la Coreja... Tenga confianza conmigo, que yo no he de hacerle ningún mal, ni he de vender sus secretos. Cuénteme, y no repare en que soy alcalde y usted un mero procesado. De esa puerta para adentro no hay más que dos sujetos de buena sombra: un alcalde muy campechano y muy francote, y un curita correntón que va a contar ahora mismo sus aventuras apostólicas y mahometanas..., pero con franqueza... Espérese: mandaré que nos traigan unas copas.
—No, no se moleste —dijo Nazarín, deteniendo el movimiento del alcalde—. Oiga mi respuesta, que será breve. Lo primero, señor mío, yo no bebo vino.
—¡Caramba! ¿Ni siquiera una gaseosa? Vea por qué le toman por moro.
—Lo segundo, soy inocente de los delitos que me imputan. Así lo diré al señor juez, y si no me cree, Dios sabe mi inocencia, y eso me basta. Tercero: yo no soy apóstol, ni predico a nadie; tan solo enseño la doctrina cristiana, la más elemental y sencilla, a quien quiere aprenderla. La enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno. Si por esto me han confundido con los criminales, no me importa. Mi conciencia no me acusa de ningún delito. Yo no he resucitado muertos, ni curado enfermos: ni soy médico, ni hago milagros, porque el Señor, a quien adoro y sirvo, no me ha dado poder para ello. Con esto concluyo, señor mío, y no teniendo más que decir, haga usted de mí lo que quiera, y cuantas tribulaciones y vergüenzas caigan sobre mí, las acepto resignado y tranquilo, sin miedo y también sin jactancia, que nadie verá en mí ni la soberbia del pecador ni la vanagloria del que se cree perfecto.
Un sí es no es confuso y cortado se quedó el buen alcalde con estas razones, sin duda porque esperaba ver salir al clérigo por el registro de una cínica franqueza, o, en otros términos, que bailase al son que él le tocaba. Pero no bailaba, no. Y una de dos: o era don Nazario el pillo más ingenioso y solapado que había echado Dios al mundo, como prueba de su fecundidad creadora, o era..., ¿pero quién demonios sabía lo que era, ni cómo se había de discernir la certeza o falsedad de aquellas graves palabras, dichas con tanta sencillez y dignidad?