—Bueno, señor, bueno —dijo el alcalde chancero, comprendiendo que con tal hombre de nada valían las chirigotas—. Pues con tanta conciencia y tanto rigorismo, lo va usted a pasar mal. Véngase a razones, y haga caso de mí, que soy hombre muy práctico, y aunque me esté mal el decirlo, con sus miajas de ilustración; hombre algo corto de latines, pero muy largo de entendederas. Aquí donde usted me ve, yo empecé a estudiar para cura; pero no me petaba la Iglesia, por ser yo más inclinado a lo que se ve con los ojos y se toca con las manos, quiero decir, que lo positivo, o sea la ilustración, es mi fuerte. ¿Y cómo he de creer yo que un hombre de sentido en nuestros tiempos prácticos, esencialmente prácticos, o si se quiere de tanta ilustración, puede tomar en serio eso de enseñar con el ejemplo todo lo que dice la doctrina? ¡Si no puede ser, hombre, si no puede ser, y el que lo intente, o es loco, o acabará por ser víctima..., sí, señor, víctima de...!
No sabía concluir la frase. Nazarín no quería discusiones, y le contestó con seca urbanidad:
—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es.
—Pero venga usted acá —prosiguió el alcalde, que comprendía o adivinaba el poder dialéctico de su contrario, y quiso batirse en regla apelando a los argumentos que recordaba de sus vanas y superficiales lecturas—. ¿Cómo me va usted a convencer de que eso es posible?... A mí, que vivo en este siglo XIX, el siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la imprenta, ¡esa palanca...! de las libertades públicas y particulares, en este siglo del progreso, ¡esa corriente...! en este siglo en que la ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de la antigüedad. Pues eso que usted dice y hace, ¿qué es más que fanatismo? Yo no critico la religión en sí, ni me opongo a que admitamos la Santísima Trinidad, aunque ni los primeros matemáticos la comprenden; yo respeto las creencias de nuestros mayores, la misa, las procesiones, los bautizos y entierros con honras, etcétera... Voy más allá, le concedo a usted que haiga..., quiero decir, que haya almas del Purgatorio, y que tengamos clero episcopal y cardenalicio, por de contado parroquial también... Y si usted me apura, paso por las bulas..., vaya..., paso también porque tiene que haber un más allá, y porque todo lo que sea hablar de eso se diga en latín... Pero no me saque usted de ahí, de la consideración que debemos a lo que fue. Yo respeto la religión, respeto mayormente a la Virgen, y aun le rezo cuando se me ponen malos los niños... Pero déjeme usted con mi tira y afloja, y no me pida que yo crea cosas que están bien para mujeres, pero que no debemos creerlas los hombres... No, eso no. No me toque usted esa tecla. Yo no creo que se puede llevar a la práctica todo lo que dijo y predicó el gran reformador de la sociedad, ¡ese genio...!, yo no le rebajo, no, ¡ese extraordinario ser...! Y para sostener que no se puede, razono así: «El fin del hombre es vivir. No se vive sin comer. No se come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al comercio. He aquí el problema. Dar salida a nuestros caldos, nivelar los presupuestos públicos y particulares..., que haya la mar de fábricas..., vías de comunicación..., casinos para obreros..., barrios obreros..., ilustración, escuelas, beneficencia pública y particular... ¿Y dónde me deja usted la higiene, la urbanización, y otras grandes conquistas? Pues nada de eso tendrá usted con el misticismo, que es lo que usted practica; no tendrá más que hambre, miseria pública y particular... ¡Lo mismo que los conventos de frailes y monjas! El siglo XIX ha dicho: “No quiero conventos ni seminarios, sino tratados de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas, No quiero sermones, sino ferrocarriles de vía estrecha. No quiero santos padres, sino abonos químicos”. ¡Ah, señor mío, el día que tengamos una universidad en cada población ilustrada, un banco agrícola en cada calle, y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de cada casa, ah, ese día no podrá existir el misticismo! Y yo me permito creer..., es idea mía..., que si Nuestro Señor Jesucristo viviera, había de pensar lo mismo que pienso yo, y sería el primero en echar su bendición a los adelantos, y diría: “Este es mi siglo, no aquel...; mi siglo este, aquel no”».
Dijo, y con su pañuelo de hierbas se limpió el sudor de la frente; que no le había costado poco trabajo echar de sí, con dolores partúricos, aquella larga y erudita oración, con la cual pensaba dejar tamañito al desdichado asceta. Este le miró con lástima; pero como la cortesía y sus hábitos de humildad le vedaban contestarle con el desprecio que a su juicio merecía, se limitó a decirle:
—Señor mío, usted habla un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo, tampoco es para usted comprensible, al menos ahora. Callémonos.
No era de este discreto parecer el alcalde, a quien supo muy mal que sus bien pensados y medidos argumentos no hicieran ningún efecto en aquel testarudo, socarrón o lo que fuese, y creyó que atacándole con otras armas le sacaría de sus casillas. Era un galápago, a quien había que poner fuego en la concha para obligarle a sacar la cabeza. Pues fuego en él, es decir, la broma insolente, la befa y el escarnio.
—No se incomode, padre, que si lo lleva por lo serio no he dicho nada. Soy un ignorante, que no he leído más que las cosas de mi siglo, y no estoy fuerte en teologías. ¿Que es usted santo? Pues yo soy el primero que me quito el sombrero, y le llevo en procesión, si es preciso, arrimando un hombro a las andas. Verá cómo le adora el pueblo; y usted, a buena cuenta, háganos un par de milagros, de los gordos, ¿eh?; multiplíquenos las tinajas, y tráiganos el puente nuevo que está proyectado, y el ferrocarril del oeste, que es nuestro desiderátum... Y a más de esto, aquí tiene sin fin de jorobados que enderezar, ciegos a quienes dar vista, y cojos que están deseando que usted les mande correr, amén de los difuntos del cementerio, que en cuantico que usted les llame, saldrán todos a dar un paseo por el pueblo, y a ver los adelantos que a mí se me deben... ¡Vaya con el Jesucristo nuevo..., género arreglado! ¡Arderá el siglo cuando se entere de que andamos predicando la segunda salvación del mundo! «Redenciones públicas y particulares. Precios económicos». Verdad que ahora le metemos en la cárcel. Camarada, hay que padecer. Pero no le crucificarán: de eso está libre. No se componga, padre, que ahora no se estila ese género de patíbulo, propio del oscurantismo; ni entrará en Madrid montado en burra, sino con la parejita de la Guardia civil; ni le recibirán con palmos, como no sea de narices. ¿Y qué religión de pateta es la que nos trae? Calculo que es la mahometana..., por eso se ha traído un par de moras..., claro, para predicar con el ejemplo...
Como Nazarín no le hacía ningún caso, ni se irritaba, ni dio a entender que tales bromas le afectasen poco ni mucho, volvió a desconcertarse el bueno del alcaldillo, y adoptando nueva actitud y tonos de familiaridad socarrona, le dio palmadas en el hombro diciéndole:
—Vaya, hombre, no se amilane. Hay que llevar estas cosas con paciencia. Amiguito, esto de echarse a predicar, sobre todo cuando no se da trigo, tiene sus quiebras. Pero no apurarse; que con meterle en una casa de locos, cumple la justicia, y ni azotes le darán, que esto ya no se estila. «Sacrificios higiénicos, es decir, sin azotes... Pasión y muerte, con chocolate de Astorga...», ja, ja... En fin, mientras esté en esta culta localidad, le trataremos bien, porque una cosa es la ley y otra la ilustración. Y si por lo que le dije se picó, échelo a broma, que a mí me gusta darlas... Soy, como ha visto, de muy buena sombra... Lo que no quita que me compadezca de su desgracia. Dejo a un lado la vara, y aquí no somos el alcalde y el preso, sino dos amigos muy guasones, un par de peines de muchas púas, ¿eh?... Y entre paréntesis, podía el hombre haber escogido moritas de mejor pelo. La Beatriz, pase. ¡Pero la otra...! ¿De dónde sacó esa merluza?... En fin, usted querrá que la demos de cenar.