Pues he descubierto que mi hermana me ha salido enamoricada de un muchacho de ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo efecto que si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy á hacer yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré á la idea de que se ha muerto mi hermana.
Leonor.
¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley á ese facha, déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede que sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por ahí. Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si me hubiera casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos con el tenientillo de Infantería que me perdió, hoy sería yo una mujer honrada; mira tú, tendría la mar de chiquillos y... Pero no nos descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos de nuestros negocios. Saldré á eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos á ver: ¿quedamos en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar á mañana, yo le pediría á mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con sacarle los ojos si no vomitaba.
Federico.
No..., eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo prefiero.
Leonor.
Pues manos á la obra. Por una casualidad, tuve noticia de este apurillo tuyo. Fuí á ver á Torquemada, para pagarle mil reales que le debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe también la cantidad. Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú á contarme tu compromiso y á pedirme que echara el resto por sacarte?
Federico, después de vacilar.
Creo que sí.
Leonor.