Federico.

¡Pero qué calor hace aquí! (Quitase gabán y sombrero.) ¿Conque la del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (Se sientan ambos en el sofá.)

Augusta.

Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las perrerías que me haces.

Federico.

¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No, gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis. Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche, cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».

Augusta.

No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis preguntas.

Federico.

¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...