Federico.
¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres que te hable con completa sinceridad? Pues La Peri es amiga mía... La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad, así... (con embarazo), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre, le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela comprender.
Augusta, seria.
No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen, sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con personas de tal estofa?
Federico, con acritud y ligeramente turbado.
¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á calumniarme?...
Augusta.
No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas amistades confesadas por ti.
Federico, impaciente.
¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué te importa lo demás?