Augusta.
Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.
Federico, abrazándola con cariño, pero receloso.
¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía, no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la malicia de amigos que me quieren mal.
Augusta, dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas ternezas.
Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije: «¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome: «¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas, ¿á qué tanta gazmoñería?»
Federico, besándola.
Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.
Augusta.
Y ahora siguen las preguntas.