Augusta.
¿Ni míos tampoco los admites?
Federico.
Tampoco.
Augusta.
De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo, querido mío!
Federico.
Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone, y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor seriedad.
Augusta, inquieta y malhumorada.
Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí, y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud, ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior, y luego vengan sermones. (Se dan las manos.) Yo siento á veces en mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración; pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza. Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje, aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.