Federico, para sí.

¿Qué será ello?

Augusta.

Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la virtud ha llegado á ser en él una manía, un tic.

Federico, irónicamente.

¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.

Augusta.

No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea, la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su bondad. (Dando un gran suspiro.) Él es un santo, y yo te quiero á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante de estas dos verdades mirándolas cara á cara.

Federico, para sí.

Me abruma con su admirable tesón.