Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando empezamos á ver en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna desgracia vendrá sobre el universo mundo.» Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña—me decía—os va á dar un disgusto.»
Bárbara.
Francamente, no la creí capaz de una resolución tan fuerte. Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?
Claudia.
Chist... (Vigilando las puertas.) Pues voló. ¡Valiente chasco nos ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo, rabioso, te echa á ti la culpa.
Bárbara.
¡A mí! En el nombre del Padre...
Claudia.
Dice que tú le has dado alas, y que cuando el chiquillo ese empezó á hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el entresuelo de enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir á la niña que se asomase. Claro, quería que fuéramos verdugas de la infeliz señorita.
Bárbara.