Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se hace cargo de que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había de librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran; y si no se presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un suda-tinta. No sé para qué quiere el señorito el talento que tiene, si no le sirve para hacerse cargo de una cosa tan sencilla.

Claudia.

Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer nos ha puesto á ti y á mí que no había por donde cogernos... Que si tú le traías las cartas á Clotilde, que si... ¡Josús!

Bárbara.

Pues no me pesa..., ea. ¿A quién, como no fuera de bronce, no se le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban los pobrecitos de balcón á balcón? Era una contracaridad dejarles consumirse sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he nacido para ver padecer á nadie. Traje la primer carta..., y la segunda y la tercera. Por cierto que tiene una letra preciosa, y que pone la pluma con muchísima sal.

Claudia.

Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y hasta el infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase á ver de cerca á su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos, con el carteo y las miradas, estaban tan babosos, que no se les podía aguantar. Ella ni dormir, ni comer, ni hacer cosa ninguna al derecho. Intenté quitarle de la cabeza su locura, y me puse ronca de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta mesa. «Clotilde, mira que tu hermano no consiente esto..., mira que...» Mientras más le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle la puerta al jovencito ese?

Bárbara.

Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por la ventana. Un hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase fuego á la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.

Claudia.