Esa misma cuenta echéme yo. Pero á Federo no le entran razones, y lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí... (Suena el timbre de la puerta.) Llaman. Debe de ser alguna fiera. Aguarda un momento. (Sale.)

Bárbara, sola.

¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo bueno ha de ser para ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla, aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el quiebro á la tiranía!

Claudia, entrando.

Lo que dije: era un inglés..., el de las alfombras. Le he dado el jabón que usamos aquí... ¡Qué tronitis en esta casa! Pues te decía que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan agradecido... «Doña Claudia—me decía,—cuando nos casemos usted será nuestra segunda madre.»

Bárbara.

¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo... ¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso. Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y que resolvieron morir ó casarse.

Claudia.

Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada. Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona, según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme; pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula. Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa en tres paquetes grandes.

Bárbara.