¿Y cómo sabes que fué en tres?

Claudia.

Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé, hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta. Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la calle, porque éramos unas... alcahuetas, etcétera...

Bárbara, riendo.

¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como nos debe, tres mil y pico de reales.

Claudia.

Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el aire.

Bárbara.

No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente, si me dice pitos, le contesto flautas. No tengo la paciencia que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.

Claudia.