Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (Enumerando por los dedos.) Que él era el causante de todo por tener á su hermana abandonada y fuera de su alimento...

Bárbara.

De su elemento diría.

Claudia.

Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera... Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle. ¡Anda!

Bárbara.

¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día, acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan. Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.

Claudia, con incredulidad.

Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...

Bárbara.