¿Y cuándo dices que llegó el señor?

Claudia.

Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D. Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura. No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.

Bárbara.

¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré, que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos. Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.

Claudia.

Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él, arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia. ¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No, hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases, porque eso de las clases es un maricronismo.

Bárbara.

Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo tiene!

Claudia.