Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras; Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (Suena la campanilla.) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (Sale.)

Bárbara, sola, abanicándose.

Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la realidad ha dispuesto que no las haiga! ¡Cabeza más dura! Y que no las hay, no las hay, aunque lo pida el Sursum corda. Lo que dice mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro, abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.

Claudia, entrando.

Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin, éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones, le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera muerto.»

Bárbara.

¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?

Claudia, en voz muy baja.

Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba. El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae siempre entre manos. Hombre de más enreditis no creo que exista, y lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.

Bárbara.