Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (Vanse las dos.)
ESCENA III
Federico, con el chiquillo en brazos; después Joaquín Viera.
Federico.
¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de anonadarme. (Se pasea.) ¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible? Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra manera... (Confuso.) Y en verdad que no puedo entender por qué causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece secreta?...
Viera, entrando por la izquierda.
Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. All right. (Se sienta en un sofá.) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.
Federico.
Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por dentro está como tú lo dejaste.
Viera.