Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que decir?... No (observando al chiquillo), no puede ser obra de Pepe. (Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha.) ¡Ah, Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (A Federico, que se pasea meditabundo.) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país, me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre, te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad. ¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas? ¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas. Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.
Federico.
No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni aun siquiera formar el propósito de dominarlas.
Viera.
Ya hablaremos de eso más despacio.
Federico, para sí.
Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (Se sienta, y pone al niño sobre sus rodillas.)
Entra Bárbara y da una carta á Viera.
Viera, examinando el sobre.
Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (La abre.) Me cita para las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.