Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse, no lo conseguirá.

Augusta, á su marido.

Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu tacañería, recibiendo bien al pobre Santana y procurándole el destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti depende la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los hijitos que habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente providenciales, los que aumentan la raza humana, los que hacen poderosas y ricas á las naciones. Verán ustedes cómo Clotilde se carga de familia en pocos años, y cómo ese marido modelo gana para mantener el pico á toda la prole.

Infante.

¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no consigo la plaza de tenedor de libros ó la de oficial quinto, me pasaré las mañanas vendiendo tomates ó pimientos en cualquier plazuela. Trescientas sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí.»

Villalonga, con vehemencia.

¿Ese..., ese?... Le hemos de ver firmando letras de cambio por miles de miles.

Augusta, con entusiasmo.

Amparémosle entre todos. Juremos ampararle. Es el hombre del porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar apoyo al que les da esta lección de arte de la vida.

Villalonga.