Cierto es; pero enséñeme usted...
Viera, sacando un papel.
Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (Mientras Orozco examina con profunda atención el documento presentado por Viera, éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la habitación, hablando para sí.) A ver por qué registro sales ahora, jesuitón, cuáquero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa, y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques no encontrarás malla rota para escabullirte. (En alta voz.) ¿Qué piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha ó el recelo de que la obligación pueda ser falsa?
Orozco.
No; es legítima.
Viera.
Luego yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación, porque..., dilo con franqueza..., cuando te anuncié mi visita pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en los presidios, y que se llaman entierros.
Orozco.
No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.
Viera, suspirando.