Estoy en desgracia contigo. Con todo, acabarás por reconocer que este acto entraña un profundo interés hacia ti. (Orozco hace un gesto de asombro.) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni tratarme como á un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que doy, más debe ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy haciendo un notable servicio en la ocasión presente. (Con gravedad suma.) Este viaje mío y la presentación del documento que acredita una deuda sagrada, son prueba clarísima de amistad y de la parte que tienes en mis afectos, porque obrando así te ahorro mil disgustos, y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un grave conflicto.
Orozco, irónicamente.
Gracias, gracias... Me enternece tamaña bondad. No le creí á usted tan magnánimo, amigo Viera.
Viera, con afectada resignación.
Júzgame como se te antoje.
Orozco.
¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres preparando este negocio? Y para lanzarse á perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de Nueva York á Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido Benjamín Proctor?
Viera, secamente.
No la he comprado. Tengo poderes del poseedor para gestionar el pago..., ¿quieres verlos?..., y para proponerte un arreglo que te facilite la cancelación.
Orozco.