Malibrán.

Don Carlos, á sus órdenes. Pero hasta las once y media nada más. Sin broma, tenemos que trabajar en el Ministerio. Busque usted quien nos haga el pie.

Augusta, dirigiéndose á la sala japonesa, seguida de Villalonga y Cícero.

¿Qué es eso de las francachelas de Malibrán?

Villalonga.

El se lo contará á usted. No es corto de genio. Pertenece á la escuela moderna de la sinceridad.

Malibrán, aparte, en el salón, mientras Cisneros trata de reclutar otro tresillista.

¡Esta condenada... hasta se permite ponerme en solfa... á mí! No se rinde, no. ¿Si acertará Infante, que la tiene por la virtud más incorruptible y la fortaleza más inexpugnable?... Eso lo veremos... ¡Y ahora tengo que aguantar las latas de este buen señor, y dejarme ganar cinco ó seis duros, adorando la peana por el santo! Lo peor es que en toda esta quincena, en los almuercitos del papá, nunca he podido cogerla sola. ¡Siempre allí el tontín de Infante, ó Federico Viera! Y la única vez que faltaban convidados, hizo el vejete castellano la gracia de no quedarse dormido, como de costumbre. A este tío quisiera yo darle un disgusto, por ejemplo, probándole que el Greco que ha adquirido ahora no es tal Greco, sino un Mayno de los peores, y el que supone Valdés Leal un Antolínez el Malo.

Cisneros.

Ea... ya tenemos tercero, el amigo Pez. (Pasan á la sala de la derecha y juegan. Trujillo, padre é hijo, y el Exministro hacen otra partida en la mesa próxima.)