¡Íntegramente! (Consternada.) ¡Ay!, hijo de mi vida, yo voy á buscar un médico. Tú estás malo de la cabeza... Por Dios, no hagas tal disparate. (Con ternura.) Ya ves, nunca hemos reñido. Todos tus actos han sido aprobados y aplaudidos por mí. Verdad que siempre fueron buenos; pero aunque no lo hubiesen sido, el cariño que te tengo me los habría hecho ver como la misma perfección. Este acto de ahora resulta de tal modo contrario á lo que yo entiendo por bondad, que me veo en el caso de reprobártelo con todas mis fuerzas. Y muy á pesar mío, sintiendo mucho disgustarte, me enfadaré contigo, disputaré, chillaré, no te dejaré vivir; y ya no habrá en nuestra vida común la paz de que hemos gozado durante ocho años; y todo será discordia, rozamientos, tú por un lado, yo por otro, siempre de puntas...
Orozco.
¡Quién sabe! Puede que no.
Augusta.
Me haré insoportable. Tendrás en mí un censor agrio, displicente, quisquilloso... En fin, Tomás, que me tendrás que preferir á tu conciencia, con tal de no ver tu casa convertida en una jaula de leones.
Orozco, sonriendo.
Sentiré mucho que te me insubordines; pero si lo haces, lo llevaré con paciencia. He meditado bien la solución de este asunto, y puedes tener la seguridad de que será un hecho.
Augusta.
¿Contra mi voluntad?
Orozco, cariñosamente.