No te entiendo. ¿Pues no dices que es el único poseedor legítimo?
Orozco.
Sí, hija mía. Pero aquí entra lo relativo; aquí cesa de funcionar la letra de la ley moral, y entra en funciones el espíritu. ¿No hemos convenido en que Joaquín es un monstruo? Entre las muchas responsabilidades que tiene ante Dios y los hombres, la más notoria es la perversa educación que á sus hijos dió, el abandono en que los ha tenido, faltos de medios de subsistencia. Esta penuria ha motivado lentamente en Federico ciertos hábitos de mal género, el desorden y angustias humillantes de su vida; en Clotilde, su indecorosa manera de buscar marido. El enmendar la obra de Joaquín Viera, ¿no es por ventura un acto de alta justicia, de esa justicia que antes llamé relativa, y que viene á resultar absoluta, de lo más absoluto que podemos concebir? (Augusta no dice nada. Su estupefacción la hace enmudecer.) ¿Comprendes ahora mi pensamiento, tonta? Yo propondré al monstruo pagarle el veinticinco por ciento de su crédito, y tengo la seguridad de que acepta. Gana un diez por ciento, si es que llegó á dar el quince, que yo lo dudo. La aspereza con que le recibí le habrá quitado toda esperanza de mejor arreglo, y no se lanza él á los azares de un pleito obscuro y de éxito dudoso. Como hombre muy necesitado, que vive siempre al día, es de los que prefieren pájaro en mano á ciento volando. Le conozco bien, y estoy segurísimo de que aceptará. Pues bien, con el resto, hasta el total del importe de la obligación, constituiré un fondo que asegure á Federico y á Clotilde una renta decorosa, poniéndolo á su nombre en títulos intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida ordenada, no dudo que su nueva situación bastará á corregirle de ciertos resabios. He pensado también que la distribución no debe, en justicia, hacerse por partes iguales, porque Federico tiene deudas y Clotilde no. Además, el que será marido de ésta dispone de otros medios de vivir, que á su cuñado le faltan, por lo cual juzgo equitativo asignar á Federico dos partes y una á Clotilde. Detalle es éste discutible, y que podrá modificarse con los reparos que pongas á mi plan, del cual has dicho tantas perrerías antes de conocerlo.
Augusta, en un rapto de entusiasmo.
Tomás, hay que rendirse á tu bondad y á tu entendimiento, que ya me parecen sobrenaturales... ¡Qué hombre! ¡Qué gloria para mí tenerte!... (Le abraza con efusión.) Debo adorarte de rodillas... ¡Qué grande eres!
Orozco.
¿Apruebas mi plan?
Augusta.
¿Cómo no? (Llora.) ¿Ves? Se me saltan las lágrimas de alegría..., de admiración... (Para sí, conteniéndose.) ¡Dios mío..., me estoy vendiendo..., qué indiscreta soy! (Alto.) Pero no... Si tu increíble generosidad me entusiasma como rasgo de exaltada simpatía humana, con la fría razón, como esposa tuya, debo decir que me parece un acto de... de hermosa locura..., un disparate que raya en lo sublime. (Confundida.) En fin, todo lo que quieras. Nunca me opondré á tu voluntad en cosas de esta naturaleza. Cuanto imagines será acertado y merecerá mi aprobación.
Orozco.