Yo sé lo que son, tonta. Déjame concluir. Quedamos en que soy deudor de Joaquín Viera; que éste es mi inglés neto, y que no hay lógica divina ni humana que me libre del deber de darle lo suyo. Cierto que yo podría, sin escandalizar al mundo, defenderme del pago amparándome en la ley, mejor dicho, haciéndome el perdidizo en la selva intrincada de nuestras leyes. Éstas, y más aún la curia, con sus tramitaciones y diligencias inacabables y el embrollo que de ellas resulta, me favorecerían, bien para no pagar, bien para hacer un arreglo que redujese el desembolso á una mínima cantidad. Esto se hace siempre. Alegando mil razones jurídicas y veinte mil argumentos de sofistería forense, conseguiríamos no pagar ó pagar muy poco. De seguro que Joaquín llevaría la peor parte en una contienda ante los tribunales, y no sabría salir, como yo, del bosque espesísimo de nuestro enjuiciamiento civil. Pero yo, en conciencia, no puedo ni debo aminorar mis obligaciones pleiteando. Prefiero pagar íntegramente á pagar un poco al acreedor y un mucho á la curia. Dejo á un lado el amor propio; reconozco el crédito, y lo que no es mío no debe estar en mi poder.

Augusta.

Volvemos á lo mismo, á que caes en las redes del monstruo ese, y le regalas... (con irritación), porque esto es regalar, Tomás, esto es proteger á los caballeros de industria.

Orozco.

No, vida mía, porque yo no pagaré al caballero de industria sino poco más, muy poco más de lo que él ha dado á Benjamín Proctor.

Augusta.

Entonces no pagas íntegramente.

Orozco.

Sí, pagaré íntegramente; pero no á Joaquín.

Augusta, confusa.