Sutil estás.

Augusta.

¿Quién no lo estará oyéndote? Inspiración contagiosa. Tu pensamiento brilla demasiado para que en mí no se refleje algo de su luz. Mi desgracia es que no puedo seguirte á esas esferas del bien supremo. Veo la realidad mejor y más de cerca que tú, porque soy peor que tú, claro está, y porque vivo más próxima al suelo. Tu proyecto de reconciliar á Federico con Santanita, y de que vivan juntos y confundan sus intereses, me parece un delirio.

Orozco.

Soluciones que en principio nos parecen irrealizables, en la práctica y por suave gradación llegan á ser posibles y aun fáciles. Sé que Federico, al pronto, se sublevará; pero hay que empezar por manifestarle este proyecto y sugerirle la reconciliación. Abordemos la delicada empresa... (Con una idea repentina.) Convendría enterarle por escrito...

Augusta, vivamente.

¡Ah!, sí, yo le escribiré... Es mejor; así se expresan las ideas con claridad y se dice lo que conviene. Déjalo de mi cuenta. (Turbada y desanimándose.) Pero no..., no sé... ¡Ah!, Tomás, yo dudo mucho que ese hombre...

Orozco.

La rutina se rebela contra el bien, harto lo sé, como el niño que se resiste á tomar las medicinas. Pero es nuestro deber mandarle que las tome. Se me figura que dando á todos los medios de vivir bien y de ser felices, es imposible que ellos se obstinen en amarrarse á la desgracia. El bienestar lleva en sí mismo una fuerza persuasiva incontrastable. Yo tengo fe, y nadie me quita este placer íntimo, este regocijo de conciencia, por haber intentado corregir, con medios prácticos, una grave anomalía social. Créelo, hija mía: el único goce efectivo es éste. Lo demás es miseria, pequeñez, satisfacción de antojos pueriles... (Se sienta junto á la chimenea, y contemplando el fuego, cae en profunda meditación.)

Augusta, para sí, observándole con fijeza y temor.