Clotilde.

¡Hermanito...! (Abrazándole.) ¡Gracias á Dios!

Federico, abrazándola.

¡Ingrata! (Saluda á la señora de Calvo.)

Viuda de Calvo.

Desde que la niña supo que usted vendría, la ansiedad y el contento no la han dejado vivir. Los siete días de ausencia se le antojaban siglos, impaciente por ver á su hermano y oir de él palabras de concordia y perdón.

Clotilde, que besa las manos de Federico, llorando.

¿No es verdad que me perdonas, que olvidas la pena que te dí?

Federico.

No soy rencoroso. Te perdono el mal que me hiciste emancipándote de mí y huyendo de mi lado sin consultarme tu inclinación. Si me hubieras pedido consejo, yo te habría quitado de la cabeza ese error deplorable.