Viuda de Calvo.
Es caballeroso, inteligente, simpático y de buen natural; pero has de convenir conmigo en que no sirve para criar hermanas. Descuellan en él estímulos de altanera dignidad, instintos de nobleza que lucirían bien en una posición opulenta, como piedras preciosas montadas en oro; pero que se despegan del cobre dorado de la penuria vergonzante en que se empeña en ponerlos. ¡Ay, hija de mi alma! La realidad, con sus lecciones dolorosas, me ha enseñado á mí lo que es decadencia. Ideas de vanagloria tuve yo también, y con ellas posición muy distinta de la que tengo ahora. Pero caí, y me encontré con que las tales ideas, y el puntillo de honor y todo lo demás, eran de muy mal ver sobre las ruinas que me rodeaban. Aprendí á ver mayores extensiones de mundo; la necesidad me hizo viajar por regiones bajas, que son las más interesantes y las que más vida encierran, y descubrí que el reino de la humanidad tiene muchas más provincias y comarcas de las que yo creía. Por eso abracé tu causa, sin asustarme del escándalo que dabas, ni de tu desigual elección, ni del camino torcido que escogías para llegar al matrimonio. Cuando se miran las cosas desde arriba, se ve la grandeza de los móviles humanos, y no se distingue la pequeñez microscópica de los trámites sociales. Os protegí y os protegeré mientras pueda, sin hacer caso de los furores de tu hermano ni de los asombros de lo que llaman opinión, asombros que no vienen á ser más que un movimiento de curiosidad, detrás del cual está la indiferencia.
Clotilde.
¡Ay, cuánto sabe usted, señora! (Con entusiasmo.) Habla lo mismito que un libro.
Viuda de Calvo.
Los años, hija mía, son mis libros, el tiempo mi biblioteca y mi estudio el vivir... (Suena un timbre: se sienten pasos.) Pero alguien ha entrado... ¡Si será al fin el caballero de los imposibles!... (Clotilde corre á la puerta del fondo.)
ESCENA IX
Las mismas. Federico.
Viuda de Calvo, viéndole entrar.
¿No lo dije?