Clotilde.

Díjome Bárbara que vendría por la tarde, y la tarde se acaba.

Viuda de Calvo.

¿Tan pronto? ¿Cómo se ha de concluir el día antes de las cuatro de la tarde?

Clotilde, señalando al balcón.

Ya lo ve usted, es casi de noche. El sol se pone.

Viuda de Calvo.

¡Qué se ha de poner, bobilla! No te empeñes en acelerar la carrera del sol, que bastante de prisa andan los días, sobre todo para los que ya los vemos pasar sin ninguna ilusión. Tu hermano vendrá, si no de tarde, de noche, ó cuando quiera venir.

Clotilde.

¡Ay! ¡Cuánto deseo verle! Siete días hace que de él me separé, y me parecen siete años. ¡Pobre hermano mío! Cuando salí de su casa, la fiebre de la resolución que tomé no me dejaba presentir la pena de esta ausencia. Federico tiene sus defectos, como todos; pero su corazón es noble. En los últimos días que pasé con él, sus defectos se abultaban á mis ojos y sus cualidades disminuían. Pues ahora me pasa lo contrario: las cualidades crecen y los defectos me parecen insignificantes.