Créelo, sí. Me carga la tranquilidad. No sé cómo explicártelo. Los conflictos diarios, las angustias, el no respirar, el no vivir, la excitante lucha, me producen placer insano. ¿No lo comprendes? Soy como el borracho incorregible, que se siente envenenado por el alcohol y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. Yo apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias, las emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías delirantes.
Orozco.
Nada de eso pertenece á la realidad. Ó es desvarío de enfermo, ó una manera hábil de argumentar. Otras razones te mueven á despreciar lo que te ofrezco. Dímelas, y quizás me sea fácil rebatirlas. Imposible que dejes de comprender las ventajas de la vida decente y sosegada. ¿Sabes cuál es mi aspiración y la de Augusta, que en esto, como en todo, está de acuerdo conmigo? Pues que te entiendas con tus hermanos, y viváis juntos. Por eso te escribió mi mujer suplicándote que visitaras á Clotilde. Accediste, y pensamos que tu aquiescencia en este punto era señal de ceder también en el otro. Te propusimos el vivir con tu familia, calculando que de este modo os luciría más el pequeño capital que debéis á las travesuras de Joaquín. Porque á él, fíjate bien, á él en primer término debéis agradecerlo más que á mí.
Federico.
¡No nombres á mi padre, por Dios! ¿Qué tiene él que ver con esto?
Orozco.
Sí, porque él, inconscientemente, nos ha proporcionado los medios para esta combinación feliz.
Federico, espontaneándose.
Tuya, tuya y sólo tuya es esta idea, que tiene una cara divina y un reverso diabólico. Todo lo hermoso de ella te pertenece; bien lo sé. Conmigo no te valen tus farsas de modestia; conmigo no te sirve el desprenderte de tu corona sublime. Te conozco y sé apreciarte en lo que vales. Desgracia mía es no poder corresponder á tanta... no sé cómo llamarlo. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco ni que me mires siquiera.
Orozco.