No te escapes por ese registro de los elogios, para aturdirme y apartar la cuestión de sus verdaderos términos. Por reducirte y ablandarte, soy capaz hasta de transigir con lo que más detesto, que es la vanidad, y llenarme de ella, y atribuirme virtudes y méritos, con tal que accedas á nuestra pretensión... ¿Te conviene este trato? Dime que aceptas, y yo diré que soy tu protector si así te acomoda. Por el contrario, ¿te molesta mi protección?, ¿tu orgullo se subleva contra lo que crees humillante? Pues me anularé. Nada habrá en mí que te recuerde la situación de favorecido. Es más: si quieres mostrarte ingrato conmigo, mejor, tanto mejor. Si te da por mostrarte olvidadizo, no creas que eso me incomoda: al contrario...

Federico, con viva emoción.

Tomás, si te digo que te tengo por sobrenatural, no expreso todo lo que siento. Cállate y déjame; no puedo oirte...

Orozco, deteniéndose en un portal.

Piensa en lo que te he dicho. Yo me quedo aquí.

Federico, deseando escapar.

Pues adiós... Sí; pensaré...

Orozco.

Adiós. (Entra en una casa. Federico sigue.)

ESCENA XII