Federico.

¡Ya lo creo! Desde que nos vimos esta tarde no ha hecho tu amigo otra cosa que reflexionar. Como que con tantas reflexiones no he tenido tiempo de comer. No ha entrado en mi cuerpo esta noche más que un puñado de sal, una taza de café y después dos copas de coñac, digo, tres.

La Sombra.

La sal aviva las ideas y el café las ennoblece.

Federico.

Pues sí, he reflexionado, y... me confirmo en lo que hace poco te dije. No hay arreglo: déjame en la indigencia y en la degradación. El bienestar me rebajaría á mis propios ojos; necesito privaciones y padecimientos para regenerarme. Además, temo mucho que la flor de la gratitud no quiera nacer en mi huerto, y que al encontrarme favorecido no pueda amar á mi favorecedor. Vale más que busque en la penuria y en el sufrimiento los estímulos que mi alma necesita para purificarse. Quiero ser pobre, Tomás; pobre. Dirás tú: «¡qué gusto tan raro!», y yo respondo que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Añadiré una idea que quizás te sorprenda. Aunque nos hemos tratado desde la infancia, apenas me conoces, y bajo estas apariencias insustanciales escondo una austeridad de principios que á mí mismo me asusta cuando atentamente la considero. ¡No faltaría más sino que pretendieras tú monopolizar la práctica de una moral rígida!

La Sombra, con benevolencia.

¿Yo? ¿Qué había yo de monopolizar nada, hombre? Tranquilízate, y ten toda la rigidez de principios que gustes, sin temor á mi competencia. Eso me parece muy bien, pero muy bien. (Dándole palmadas en el hombro.) Pero si me lo permites, he de rogarte me digas qué principios de esos tan severos que tú profesas son los que te impiden entenderte conmigo.

Federico, lleno de confusión.

Es que con mis principios, y como complemento de ellos, se enlaza un desprecio absoluto de los bienes materiales.