Federico, echado en el sofá, junto al velador, en el cual hay una lámpara.
Gracias á Dios que me encuentro solo. ¿Qué mejor refugio que mi propia casa? Creí no poder llegar á ella; de tal modo se me trastornó la cabeza en aquella correría por las calles. El cansancio me abruma; pero lo que es sueño, no siento maldito. Apetezco el dormir como el mayor bien imaginable; pero la manera de lograrlo es lo que no se me alcanza... Y sigue molestándome la sensacionita en el corazón, aquí..., donde debe estar el vértice de esa condenada máquina. Aguantaremos... La cabeza es la que anda peor. ¡Cuidado que la alucinación de esta noche!... ¡Figurarme que vi á Orozco en el teatro, y que le hablé! ¡Si me parece que oyéndole estoy aún! Ha sido un fenómeno subjetivo, determinado por cierta idea diabólica que me escarba en la mente...: la idea de transigir, de dejarme querer... ¡Oh, tentación insana! Degradarme, pero vivir... Porque..., razón tiene Orozco: ¡qué bien estaría yo si...! ¡Idea maldita, que hace vacilar mi dignidad y trastorna mi conciencia! No, Tomás, no insistas, no me tientes. Si me estimas como dices, no me envilezcas más de lo que ya lo estoy.
Bárbara, entrando de puntillas.
¿Se le ofrece algo? Claudia no puede levantarse: está con un dolor en la cadera. Me rogó que me quedase aquí esta noche, por si el señorito volvía malo.
Federico.
Nada se me ofrece. Puedes acostarte.
Bárbara, para sí.
Esa cabeza no anda bien. ¡Qué hombres éstos! Comidos de vicios, no se hartan nunca de gozar, y cuando no pueden tenerse, vienen á que una les cuide. Las de fuera para la diversión y el jaleíto; las de casa para atenderles cuando están malos... (Contemplándole.) ¡Y qué guapín, qué simpático! Como todos los pillos.
Federico.
¿Qué haces ahí, fantochona?