Bárbara.

Ya me voy... Estaré con cuidado por si usted llama. (Detiénese en la puerta, y desde ella le observa.) ¡Qué desmejorado y qué alicaído!... Esas bribonas le consumen. Si las cogiera yo... Pero él es el primer causante de su malestar. ¡Ay, qué hombres éstos! Son como las veletas. Hoy apuntan para aquí, mañana para allá.

La sombra de Orozco aparece sentada frente á Federico. Éste la contempla un rato sin pestañear. Después habla.

Federico.

Dispensa, Tomás, no te había visto. Me adormecí un poco. ¡Cuánto te agradezco que vengas á visitarme! ¡Si vieras qué malo estoy!

La Sombra.

No te acobardes. Mal de imaginación, desasosiego del espíritu y nada más. Tranquilízate, hazte dueño de tu voluntad, y te sentirás bien.

Federico.

Lo que anda peor es la cabeza, que á veces se me trastorna de una manera... Figúrate que esta noche me aluciné hasta el punto de verte y hablar contigo en un teatro... Tan claras fueron las falsas percepciones de mis sentidos, que aún me cuesta trabajo diferenciarlas de las percepciones reales... He pensado en lo que hablamos en casa de San Salomó. No puede ser, Tomás; no puede ser. Te lo agradezco infinito.

La Sombra.