¡Ay!, me lastimas. ¿Se fué Tomás?... No le vi salir. (Abriendo los ojos y mirándola estupefacto.) ¡Ah!, Bárbara. Eres un ángel..., digo, precisamente un ángel, lo que se llama un ángel, no; pero...

Bárbara, para sí.

¡Qué simpático, qué mono!

Federico.

Pero sí una hembra mestiza, hermosa y espiritual mula, nacida de la yegua humana y del asno divino. Dime, ¿quién me salvará á mí? ¿Dónde encontraré yo la compañera de mi vida, la que reúna en un solo sentimiento el amor y la confianza, la ilusión y la amistad?

Bárbara.

Pues eso..., en cualquiera de las que pertenecen al bello sexo lo podría encontrar. ¡Somos tantas...! Pero olvide sus preocupaciones, y tire el orgullo por la ventana. ¿Quiere que le acueste?

Federico.

Sí..., sálvame tú..., líbrame de esta opresión. Quiero decir, que me desabroches el chaleco y me quites las botas.

Bárbara le sirve de ayuda de cámara.